Rocío se enteró poco a poco. Primero fue un ganglio ligeramente inflamado en la axila, casi en el centro del hueco con el brazo. Le molestaba al cerrarlo. Pensó “Uy, a ver si…” pero era el principio de la primavera y aún quedaban varios meses para la revisión ginecológica anual. Por costumbre siempre elegía ir en verano. Así, era difícil de olvidar una cita, que por rutinaria y antipática,  iba acompañada de alguna excusa para retrasarla. ¿Cuántos años hacía que acudía al ginecólogo? Ni lo recuerda, pero calcula que más de veinte seguro. Tuvo a su primera hija, Lucía, a los treinta recién cumplidos y por aquél entonces, ya se visitaba en la consulta de un ginecólogo, cercana al Paseo de Gracia. Más adelante, cuando se mudó a vivir a otra ciudad, eligió un Centro Médico de esos que se estilan tanto hoy, con todas las especialidades de un hospital, pero sin quirófanos. Era práctico “todo en uno” y además, cercano a su nuevo domicilio. Todavía hoy, más de diez años después, no recuerda el nombre de su nueva Doctora, porque tan solo la visita una única vez al año: la del control anual.

Fue en esa etapa -en que los niños eran pequeños e iba todavía más desbordada que ahora, entre el trabajo y sus obligaciones de madre- que acudía a la revisión cuando podía, que no era a menudo, por lo que más de una vez dejó de asistir a la cita. Incluso, en una ocasión le ocurrió a la inversa y asistió dos veces en el mismo año. Entonces, decidió pasar a una fecha fija, la de las vacaciones, para poner orden al caos.

Pero la noche que palpó por primera vez el ganglio inflamado pensó que tal vez era oportuno hacer una excepción y adelantar la fecha. Ese pensamiento recuerda que pasó fugaz por su cabeza, pero enseguida ganó la pereza. Y además, ni era aprensiva ni el ajetreado día a día, siempre liada con los niños, con su profesión y con la casa, se lo permitieron. Semanas después, tras darse cuenta que persistía el leve bulto, exploró el pecho, tal y como le había visto hacer a la ginecóloga a lo largo de los años, durante las decenas de revisiones, pero sin su práctica y sin su conocimiento. Detectó algunos pequeños nódulos que le parecieron sospechosos. Como eran varios se decantó por el “seguro que no. Si son muchos, justamente, no puede ser” fue su argumento de indiscutible peso científico. Había escuchado a la Doctora sin nombre decirle en múltiples ocasiones que tenía pequeños quistes sin importancia, quistes que le desaparecían cuando le bajara la menstruación. El ganglio, sin embargo, seguía ahí, mutado a su nuevo estado, molestando débilmente como un grano de arena en el zapato… y sin desparecer tras bajarle la regla. Después llegó el verano y, ahora sí, su cuadrada agenda germánica le recordó que tocaba acudir a la revisión anual. Se dijo “recuerda decirle a la Doctora lo del ganglio”, más que nada y como siempre, con la idea de descartar. Pero la ginecóloga no detectó nada al inspeccionar la zona, a pesar de su práctica y de su conocimiento. Por protocolo, pasó a hacer la mamografía de rigor, que en su caso, como en el de muchas otras mujeres, con un pecho fibroso y unas mamas densas, iba acompañada siempre de una ecografía posterior. La primera prueba fue negativa y pensó “bien, otro año salvada” pero enseguida llegó el resultado de la segunda.

El radiólogo, el Doctor Bermejo, a quién Rocío conocía de vista, de otras revisiones, pero a quien hubiera sido incapaz de reconocer sin su bata blanca, si se lo hubiera cruzado por la calle, frunció un poco el ceño. Y ahí fue cuando lo supo. Sólo hizo falta que la prueba durara unos segundos más de lo habitual y una mirada seria y reconcentrada en una pantalla que parecía un Spectrum Sinclair ZX de los 80. Lo observaba observar la ecografía del monitor y notaba como subía una ola de miedo desde el estómago hasta la garganta. Pero aún, quedaba esperanza: en la mamografía no se había visto nada y en la inspección táctil de la ginecóloga, tampoco. Así que decidió adelantarse al silencio del Doctor y salir de dudas preguntando ella primero “¿Ve algo?” – algo sospechoso, algo que no deba estar ahí, algo que no le guste, algo que pueda ser cáncer- quiso decir. Esperó su respuesta aguantando el aire, vulnerable desde su posición de mujer desnuda, estirada y expuesta en una camilla, descubierta de cintura para arriba, con las manos tras la cabeza, como si estuviera en la tumbona de un hotel de esos de pulserita “todo incluido”, pero con una incomodidad y una congoja mal disimuladas.

Y entonces, el Doctor le dijo que sí, que veía un Pokémon negro anidado en la zona del pecho más cercana a la axila. Aunque era el verano del estallido del juego, en realidad él no usó esas palabras, mucho más gráficas y descriptivas que “Sí, se aprecia un nódulo altamente sospechoso en el cuadrante superior de la mama derecha”. Pero añadió “Quédese tranquila, porque no se puede saber con certeza hasta hacer la biopsia”, como si esa dilación en el diagnóstico fuera garantía de paz. También le comentó que “en caso de confirmarse, lo importante, es que es un tumor pequeño y cogido a tiempo”, como si fuera una excusa o tuviera que consolar a una cría que suspende un examen “tranquila has suspendido pero con un cuatro, no está tan mal”. Pero sí que debió ver “algo” que estaba mal porque al día siguiente, con una velocidad en la cita que la sorprendió, volvería de nuevo a ver al Doctor Bermejo. Aunque en ese momento, aún no lo sabía. Ese “tal vez sí, pero igual no” que le adelantaba la mala noticia pero sin confirmarla, le provocó una desazón mayor que la seguridad de saberlo. Por ello, para acabar de enterarse bien de si tenía cáncer, sin circunloquios ni excusas, le preguntó al entrecejo arqueado del Doctor, controlando (mal) el temblor de la voz: “usted, por su experiencia, ¿qué probabilidades cree que lo que está viendo sea cáncer?” y quiso decirlo así, con todas las letras, porque le pareció una palabra que los médicos evitan, como si fuera un taco y prefieren sinónimos edulcorados como tumor, nódulo, quiste o, incluso, bulto que despistan al paciente. Durante su respuesta aguantó la respiración, pero la soltó de golpe, como un buey enfadado, cuando contestó “ochenta por ciento de posibilidades”.

Así fue como, con una cadencia que se inició en primavera -con una leve inflamación en un ganglio de la axila- y que acabó con ella -en verano, estirada y expuesta en una camilla desde la que oyó el diagnóstico con sinceridad y sin vaselina,- que Rocío se enteró, por fin, que aquel “uy, a ver si” de unos meses atrás era realmente cáncer.

 

PD: el cáncer nos puede tocar a todas (y a todos). Hay cura. Hay tratamiento. Lo más importante es encontrarlo a tiempo. Si eres mujer no te saltes la revisión anual. Infórmate en la web de de la Asociación Española Contra el Cáncer:

https://www.aecc.es/TeAyudamos/informaryconcienciar/Campa%C3%B1as/Paginas/DiaMundialdelCancer2015.aspx