Si fuera la madre de la víctima de La Manada, si tuviera la desgracia de saber que mi hija no solo ha sido violada (que no es poco) sino que además han abusado de ella cinco hombres que la superan en edad, cuerpo y malicia; que su agresión sexual se comenta en todos los medios; que su testimonio se cuestiona y por último, que debe asumir que la Justicia no la apoya… ¿qué le diría a esa madre? ¿qué palabras de consuelo le trasladaría a su hija? Es tan duro y duele tanto que no me puedo imaginar lo que esa familia, y la de muchas otras chicas violadas, debe estar pasando.

 

Cuando se publicó que la condena a los violadores no era por agresión sino por abuso sexual estaba tomando un café en un bar de Coll Blanc, en Barcelona. El televisor propagaba la funesta noticia y en la mesa de enfrente un grupo de jubiladas, acompañadas de sus carros de la compra, se santiguaban y comentaban la injusticia de la sentencia pensando en sus nietas. En la mesa contigua, dos hombres ataviados con el uniforme del servicio de limpieza las escuchaban en silencio. Hasta que uno de ellos comentó “les tenían que haber absuelto”. El otro calló. Yo también. Me quedé helada pensando que hay hombres que creen que un ataque tan brutal no merece ninguna pena. Por la tarde, navegando por las redes sociales me llamaron la atención varios comentarios de otros hombres que decían que ya era suficiente condena pasar nueve años en la cárcel, que no hacía falta más. Tampoco contesté.

 

Me pasa a menudo: ante situaciones que me superan me bloqueo, me callo y no contesto. Luego, desde la calma -normalmente cuando ya es tarde- pienso lo que debería haber dicho u hecho. Y por eso, ahora que he reflexionado, quiero expresarlo, por eso y porque no debería haberme callado. Así, que lo que le diría a esa madre, a esa joven violada o a mi propia hija -en el caso que fuera la víctima de una violación, de cualquier violación, incluso una menos terrible como la protagonizada por estos bestias- es que:

 

Tú no tienes la culpa de nada.

 

De N-A-D-A. Da igual lo que digan. Da igual si cuestionan tu ropa, tu actitud, tu pasado… No importa como te vistas, si con falda corta y tacones o con chándal y bambas; da igual si estabas de marcha y habías bebido o si volvías abstemia a casa desde el instituto. No importa si flirteaste con un chico y luego lo besaste o si ni siquiera lo viste venir. No pasa nada si pasado un tiempo rehaces tu vida o si convives para siempre jamás con el trauma de un episodio así.

 

Tú eres inocente.

 

Tienes derecho a vestir, a besar, a salir, a olvidar… Nadie debe juzgarte a ti. Tú no has hecho N-A-D-A. No se trata de buscar excusas, atenuantes, minimizar los hechos… La ropa que llevamos, las ganas que tenemos de pasárnoslo bien, cómo reaccionamos antes, durante o después ¿Pero qué es esto? ¡No son las preguntas adecuadas! La única pregunta adecuada de un juez o de la sociedad es “¿Usted consintió?” ¡La única! Y si la respuesta es no, ya está todo dicho. Si a pesar de no haber consentido, te han forzado a mantener relaciones sexuales, con fuerza, con intimidación o aprovechándose de tu inconsciencia, da igual: es una violación. Y si la ley no lo recoge así, por favor, que se cambie y que se actualice un código penal desfasado a uno más acorde al sentido común. ¿Qué es esto de poner grados a una violación? Basta ya de buscar excusas y atenuantes. Basta ya de buscar una parte de la culpa en quien es degradada, toqueteada, penetrada y sodomizada, sin pedirlo. Una relación no consentida es una violación. No es no, en cualquier circunstancia. Da igual si para conseguir tu propósito de satisfacción sexual usas la fuerza o amenazas o te aprovechas de un estado de inconsciencia, tal vez provocada por alcohol o drogas. Si no hay consentimiento, es mucho más que un abuso: es una violación de nuestro cuerpo, de nuestra dignidad y de nuestra alma.

 

Y el único responsable de una violación es el violador.

 

Eso también se lo diría. Basta ya de hacer las preguntas y los juicios de valor a quien no toca. Basta ya de tener que ser las víctimas las que sean cuestionadas, las que deban demostrar con morados, desgarros o con su vida que no querían una relación sexual, que se vieron forzadas a consentir, que se bloquearon, que no gritaron, que ni siquiera denunciaron…

 

Yo sí te creo. Y te apoyo. Y me indigno. Y lo digo. Y pido un cambio de moral. Y de leyes. Y lo quiero ya.

PD: Y a pesar de todo, feliz día de la madre.

Y si no has visto aún el vídeo de Crsitina Sabatés en La Sexta, no te lo pierdas:

http://http://goo.gl/CTU4uj