El pasado 11 de abril en la Fnac Triangle  quise leer este discurso titulado “Lo importante” con motivo de la presentación de la novela Mi amigo alemán publicada por Edebé. Sin embargo, el escritor y periodista Genís Sinca, que me acompañó, hizo algo mejor: demostrar que la presentación de un libro puede ser tan entrañable como divertida. Para comprobarlo adjunto un fragmento de vídeo del directo, junto con el texto que no leí, pero del que sí hablamos.

FRAGMENTO VÍDEO PRESENTACIÓN

La importancia del tiempo y del corazón

En 2015 tomé una decisión: abandonar la carrera universitaria, renunciando a un puesto de gestión, y quedarme tan solo con mi puesto de profesora en la universidad. Lo hice para poder cumplir un sueño: escribir. De entrada, esa decisión suponía reducir drásticamente el sueldo, cortar de raíz cualquier probabilidad de promoción interna y abandonar un camino por el que ya llevaba años transitando. Y a cambio, apostaba por un futuro ilusionante -pero incierto y difícil- en un sector desconocido para mí, el editorial, del que lo único que sabía es que estaba en un momento complejo. Muy complejo. A priori, no parece muy inteligente, pero he de decir que fue una decisión tomada desde el corazón, no desde la razón. Y además, lo que a mí no me parece inteligente es desoír nuestros sentimientos. Hay que dejarse llevar más por la intuición y menos por la razón.

Por otro lado, tampoco era una decisión de todo o nada. Mantenía un trabajo que me gustaba, el de profesora, y a la vez liberaba tiempo para escribir: Y solo por el mero hecho de dedicarle tiempo a lo que me gustaba, ya me parecía que la decisión valía la pena. Lo único que no tenía claro es si algún día conseguiría publicar. Aun así me dije: “Venga, a por ello. Aunque cueste, aunque fracases. Al menos, lo habrás intentado. Si no, siempre te quedarás con las ganas”. Incluso me planteé el peor de los escenarios: “cien ‘no’ para un ‘sí’. Cuando me hayan dicho cien veces que no, lo dejo.” Lo cierto es que cuatro años después he perdido la cuenta de las veces me han dicho que no. Unas cuantas, desde luego. Y muchos silencios, que no sé lo que es peor. La norma es que las editoriales no acepten manuscritos “no solicitados” o que no se responda a un correo de presentación de credenciales de un autor novel y desde luego, ni hablar de que te reciban o se pongan al teléfono.

Entonces, un día escuché en la radio a un escritor, del que no recuerdo el nombre, pero sí lo que dijo. Y lo que dijo fue que publicó su primera novela cuando ya había escrito la quinta. Y eso me animó. Pensé: venga pues ¿porqué no?  Cuatro novelas llevo ya. Y aquí estoy hoy, varios años después, presentando la segunda novela que escribí que es también la primera que me publican. Con la primera quedé finalista en dos concursos literarios, uno de Latinoamérica y otro de Sevilla. Se presentaron más de trescientos autores y quedé en ambos entre los diez mejores y eso fue como combustible para seguir. Pero, no conseguí editor. Con la tercera novela, Genís Sinca se ofreció a ser mi padrino (lo que significa que quedamos una vez al año para comer en un italiano fantástico y él aprovecha para destripar mis novelas, lo que viniendo de un Premio Josep Pla de Novela y de un periodista de raza es un auténtico lujo). Con la cuarta, puedo decir que he encontrado agente editorial y espero que ahora el camino sea más fácil y menos solitario.

En definitiva, si le pones corazón a lo que haces y le dedicas tiempo (y paciencia) los sueños se acaban cumpliendo.

La importancia de las palabras

Pero, durante estos años algunas personas me han dicho frases, así como para animar en plan “lo conseguirás”: “Bueno, tu eres tozuda” o “Si cuando a ti se te mete algo en la cabeza”. O peor, los cafres: “Déjalo, prueba a auto publicar. No insistas. Es imposible.” Y esto me ha hecho reflexionar que es muy común que, a las mujeres, nos cataloguen como tozudas, tercas, mandonas, pesadas, insistentes… Y no estoy de acuerdo.

Yo he tenido que pasar por cuatro años de perseverancia, en los que he descubierto que tengo una gran capacidad para resistir al fracaso; en los que he aprendido, he mejorado y he tenido momentos de desánimo pero eso no significa que sea tozuda, ni cabezota, ni pesada, ni que siempre quiera tener razón. Y lo quiero destacar porque creo en la importancia de las palabras. Si no, no escribiría. A todos en general pero en especial a las mujeres porque esto nos sucede más a menudo: no permitamos que nos califiquen con adjetivos peyorativos cuando nos merecemos una versión mucho más superlativa y positiva de lo que hacemos. No somos tozudas, ni pesadas, ni mandonas. Somos perseverantes, valientes, luchadoras… Hay que darle la vuelta a determinados calificativos.

La importancia de la familia

La familia es la patria del corazón, es la frase de Giuseppe Mazzini (filósofo y político italiano nacido en el siglo XIX) que elegí para introducir Mi amigo alemán, una novela que, como dice la nota de prensa enviada a los medios “reta homenaje al tiempo que los abuelos y abuelas dedican a sus nietos, en una sociedad que brinda cada vez menos espacio a la familia. Unas madres que no dan abasto con el trabajo dentro y fuera de casa, así como unos padres ausentes entre los viajes laborales y sus hobbies, que viven de espaldas a los problemas que sufren sus hijos e hijas.”

Es una historia narrada en primera persona, desde la visión de un niño de nueve años, y que tan solo transcurre en un mes, un mes que cambiará las vidas de todos ellos.

Estel, la madre de Campbell, el protagonista

Para mí es la auténtica heroína de la familia, aunque no lo parezca. Es un personaje que incluso puede parecer antipático. No llega a todo y vive estresada, cansada, malhumorada, post poniendo sus planes de realización vital (desde algo tan simple como quedar con sus amigas a algo más trascendente como desarrollar su carrera de actriz) en pro del cuidado de su madre, de su hijo y de su casa. “Mi madre está siempre nerviosa y cansada, eso es verdad. Y no entiendo por qué: trabaja todo el día sentada en un despacho donde solo tiene que hablar por teléfono y escribir cosas en el ordenador.” dice Campbell en un momento de la novela. Y claro, aunque su hijo no lo entiende, ¿cómo va estar, la pobre, con un trabajo diario en el que la explotan, una pareja poco implicada y toda la carga de la casa sobre ella?

Abel el padre, padrazo

Sin embargo, su compañero, Abel, vive feliz viajando y regresando a casa los fines de semana. Es un buen padre que adora a su hijo pero es un hombre Peter Pan, que aún no ha madurado. Él no renuncia a lo que él le gusta: salir en bicicleta. Siempre hay algo de nuestras vidas en las novelas y en este caso lo de la bici es porque yo vivo en una ciudad en la que hay mucho carril bici y zonas de montaña para salir con ella. Siempre me he fijado que los domingos, los hombres salen, a practicar deporte y a tomar algo después, casi siempre con amigos. Y por cada veinte hombres, veo una mujer. ¿Dónde están ellas? ¿En casa cocinando? ¿Poniendo lavadoras? ¿Esperándolos? No es justo.

Abel, el padre de la novela hace igual. Y no es que lo vea mal, que lo veo bien, es que no tiene en cuenta que Estel no dispone de ese tiempo para ella. Y ¿cuál es el resultado? Pues que Abel es un padre divertido, que nunca está de mal humor y que además juega con su hijo, lo que es genial, pero le deja a ella el rol de ser la loca del orden y de las normas, lo que la tiene completamente desbordada… porque nadie comparte con ella ese necesario, pero desagradable, papel.

Campbell, un niño carne de cañón del acoso escolar

Campbell es el protagonista y el narrador de la trama. Es un niño que está a punto de cumplir diez años y su máxima ilusión es celebrarlo. Es pelirrojo (de ahí el sobrenombre, por la etiqueta de las famosas sopas de tomate) y tartamudo. O lo que es lo mismo, carne de cañón de las burlas de unos niños mayores que él. La mayoría de los niños acosados callan lo que les pasa por miedo a empeorar su situación si hablan. Campbell dice en un capítulo “Me convertiré en un chivato y un chivato pelirrojo y tartamudo está condenado a collejas perpetuas.” Y sin embargo, hablar es el principio de la solución y cuanto antes se haga, mejor.

Siempre hay algo de personal en la ficción y en casa pasamos hace unos años por un episodio de acoso: era toda una clase, menos dos, contra uno de mis hijos. Mi primera reacción fue dejar que lo solucionaran entre ellos, no ejercer de madre sobreprotectora, pensar que todo curte… Y me equivoqué. Los niños, son eso, niños. Y son incapaces de lidiar solos con un problema tan grande. Necesitan de la ayuda de los padres y de los profesores, especialmente en las horas no lectivas: en el patio, el comedor, al salir de clase…

Con la novela me gustaría que los niños aprendan la importancia de denunciar el acoso y de no mirar hacia otro lado.

La yaya y su amigo alemán

Campbell y sus padres viven en casa de su abuela. La yaya es el personaje más entrañable de la novela. Es su mejor amiga y es otra cría por lo que Estel se pasa la novela controlando lo que hace. “¿En qué momento he pasado de ser yo la madre de mi hija a que se convierta ella en mi madre?” se pregunta la abuela acerca de Estel en un momento determinado. Es una yaya divertida, “gorda y blanda como un cojín” que le lleva donus (porque no sabe decir Donuts) a la puerta del colegio y que le prepara Cola cao fresquito. Y es la única que se dará cuenta de lo que ocurre con su nieto y que buscará la manera de ayudar… a su manera. Una manera que, a veces, equivale a liarla aún más.

Como muchas abuelas de hoy en día, ellas son la salvación de unos padres que no podrían trabajar o tener tiempo para ellos si no fuera por su soporte. Es por lo importante que es su yaya para Campbell que cuando escucha en una conversación que “tiene que cuidar de su amigo alemán antes de que sea demasiado tarde”, teme que se vaya a vivir con él y los abandone. Por ello, empieza una investigación que… No te voy a decir nada acerca del amigo alemán, sería hacer un spoiler y eso está muy feo. Te animo a descubrirlo y a leer la novela. Gracias.

QUIERO LEER “MI AMIGO ALEMÁN” AHORA MISMO 😉

PD: AGRADECIMIENTOS ESPECIALES a:

Pepón, mi marido, por haberme apoyado y animado todo este tiempo; a mis hijos Andrea y Txema por inspirarme en muchas anécdotas que salen en Mi amigo alemán; a mi hermano, a mi familia “de la Pedrera” y a mis alumnos y ex alumnos por acompañarme en un día tan importante como el de la presentación. También quería dar las gracias a mis amigos: los de la agencia, los de la guardería, los de Sant Cugat, los de Arenys, los de la universidad… Son muchos los años y las historias que nos unen y estoy muy orgullosa de teneros.

Citar concretamente a Elena Valencia, editora de Edebé, por darme la primera oportunidad y a compañeras suyas de la editorial como Marta Muntada o Dolors López por su apoyo. Por descontado, a Genís Sinca por haberse ofrecido a ser mi padrino, darme sabios consejos para mejorar mis textos y presentarme en mi debut. A Núria Ostáriz por transmitirme que le encanta como escribo y a Silvia Bastos por apostar por mí. Por último, quería nombrar a aquellos que además de sus ánimos constantes, me han recomendado a quien pudieran conocer. Son: mi tía, Mariana López; mi amiga Silvia Sáez; mis compañeros en la facultad Richard Wakefield, Ramón Morancho y Enric Calpena; mis ex alumnos Cecília Martínez e Iván Foix o a la inigualable Tere del Pozo.

Sin todo este apoyo, este camino habría sido mucho más difícil.