EXTRACTO: Tras una semana de confinamiento, una adolescente atrapada en su piso de Barcelona observa la calle vacía y espía por la ventana a su vecino de enfrente.

(De vez en cuando —a diario,  dos por semana… según las ganas— un nuevo capítulo de esta crónica del confinamiento. Todo parecido con la realidad es pura ficción. Verás los dos últimos. Si te perdiste los anteriores y quieres más, dímelo).

CAP.11- INTENSIFICACIÓN DE LOS CONTROLES

Cuando Samuel y yo nos hemos dado cuenta que acumulábamos una ristra de mensajes de texto de varios kilómetros hemos pasado a los audios grabados.  Enseguida hemos visto que la mayoría duraba más de un minuto. Era más inteligente darle un buen uso al Smartphone o teléfono inteligente, valga la redundancia, y hemos pasado a las videollamadas. Nos hemos saltado el paso lógico de la llamada de voz. Mis padres cuentan que antes, en el siglo pasado, las personas hablaban por teléfono en directo, interrumpiéndose incluso, y que tenían un aparato al que llamaban “fijo” anclado con un largo cable a la pared. Si cuando llamabas no había nadie, no podías dejar un mensaje a no ser que tuvieras un aparato aparte llamado “contestador”. Y encima, no existía la tarifa plana: según llamaras, según pagabas. Ahora, en el siglo veintiuno, el móvil es sobre todo un mini ordenador con cámara, pero es cierto que para largas conversaciones el “fijo” de antes era igual de práctico.

Pongo a Samuel al día de las novedades con Concha y con Cosme. Él me explica que mis vecinos dan mucho más juego que los suyos. El matrimonio de jubilados de su edificio hace un confinamiento de manual. No les ha visto ni salir a comprar, por lo que deduce que fueron de esas personas previsoras que el mismo día en que se declaró el estado de alarma, o tal vez antes, fueron a comprar al supermercado como si no hubiera un mañana. La basura la deben dejar en el balcón porque tampoco los ha visto llevándola al contenedor. Si no fuera porque se oye el sonido del televisor desde la escalera, Samuel dudaría de si están o no en casa. A quién compadece es a la pareja del bebé. Lo oye llorar a menudo y también oye los gritos desesperados de los padres: “ves tú”, “no puedo más”, “esto no es vida” y quejas similares que alternan con declaraciones de amor “mira que es mono”, “¡me ha sonreído!”, “di papá, pa-pá”. Ellos sí que bajan la basura. Por lo menos, dos veces al día. Deben haber hecho una limpieza de ropa y de trastos viejos que sería el orgullo de Marie Kondo, una japonesa que se hizo famosa por un programa de televisión llamado “A ordenar”. Yo llamo así a mamá.

Desde su ventana los ha visto enseñarles las bolsas a la patrulla que últimamente hace la ronda por el barrio con el fin de controlar las salidas a la calle de los vecinos. Al principio del confinamiento desde la ventana veíamos ciclistas por el carril bici y a deportistas corriendo y realizando rutinas de ejercicios en el parque de la Plaza Letamendi. Los que tenían perro charlaban entre ellos, manteniendo una distancia prudencial y ataviados con mascarilla, mientras los chuchos retozaban en el pipican. Las salidas a comprar eran más frecuentes y se percibía algo de ambiente por la calle: que si me he dejado el pan, ahora la leche o simplemente, voy a por tabaco. Aunque no fumaras. Pero a medida que los días han ido pasando y en vista que los hospitales no dan abasto con los pacientes infectados, que no dejan de crecer en número (más de 30.000 confirmados hoy tan solo en España), los controles policiales se han intensificado y ahora hay una pareja de Mossos d’Esquadra patrullando fija por la zona. Se dedican a parar a los escasos transeúntes que circulan y les solicitan explicaciones sobre su salida a la calle. Todos deben llevar un salvoconducto en el que consta el nombre, la dirección y el motivo por el que están fuera. No llevarlo encima puede ser motivo de sanción. Les he visto revisar tickets de compra y husmear en sus basuras. Sólo les falta controlar si los perros hacen sus deposiciones o no.

A quien hace días que no he visto, le cuento yo a Samuel, es al repartidor vestido de amarillo:

—¿Qué es del pizzero?— le pregunto.

— ¿A qué pizzero te refieres?

—¡No me digas que no lo has visto! Un repartidor ataviado con un impermeable amarillo. Venía a menudo en bicicleta. No sé mucho más, pero me fijé en él porque siempre lleva puesta la capucha. Haga sol, lluvia o viento.

—Ni idea. Pero… ¡Lo que daría yo ahora por una pizza! El sábado llamé a la pizzería de la calle Aribau, ¿La conoces? Sirven a domicilio, y me avisaron que la tanda era de dos horas de espera. Vamos, que acabé descongelando unos canelones.

— ¿Eres de los que te gusta la pizza con piña?

—¡Jamás! Ni con atún o gambas.  A mí me gusta con extra de queso y mucha salsa barbacoa…

Seguimos hablando de temas insustanciales hasta que suena el timbre. Es Cosme que me viene a buscar. Se ha hecho la hora de cenar y toca la tercera visita a Concha. Esperemos que no le haya subido la fiebre. Si así fuera, me temo que tendremos que llamar de nuevo al médico y presiento que sacarla de su casa para llevarla al Hospital será una dura batalla. Ya hemos podido comprobar el dulce carácter de la octogenaria.

 

CAP. 10-  UN CALDITO

—Un caldito señora Concha. Le he preparado una sopita con pollo y todo. Me sale riquísima, ya verá— le grita Cosme a través de la mascarilla a Concha que tiene el sonotone en la mesilla de noche.

Mientras, yo he abierto la persiana para que entre la luz y he abierto la ventana para airear un poco el cuarto. Cuando Concha se espabila la recostamos sobre unos almohadones y le tomamos de nuevo la temperatura. Ya han pasado las seis horas de efecto del Paracetamol y su fiebre ha vuelto a subir como antes. Cosme le pide que coma primero, que es mejor tomar una aspirina con el estómago lleno. Obediente y hambrienta, se dispone a tomar la sopa que realmente huele muy bien. Se acomoda el cuenco sobre un trapo que he ido a buscarle a la cocina y antes de empezar se coloca el sonotone.

—Gracias— le dice a Cosme—Ingiere cuatro cucharadas seguidas y me luego me ordena— Tea, nena, te importaría cerrar un poco la ventana. Yo ya estoy constipada pero vosotros aún no.

Le contesto con tres estornudos seguidos a lo que ella replica:

— ¡Ves!

— No, no es eso señora Concha: es que tengo alergia al polen ¿Ve? —busco el inhalador que en primavera llevo siempre en el bolsillo para demostrárselo… pero con las prisas, no lo he cogido. — Bueno, —le aclaro— otro día le enseño mi inhalador para el asma.

Me mira suspicaz y sigue comiendo su sopa con avidez. Tres cucharadas después, detiene una cucharada cargada de un trozo de pollo, a medio recorrido entre su regazo y la boca para preguntarnos:

— ¿Vais a quedaros ahí mirando cómo me tomo la sopa? Parecéis una pareja de la Guardia Civil. Con mascarilla— aclara, luego sonríe pícara y añade— Anda, id a por una silla al comedor y las ponéis, ahí, bien lejos de la cama. No sea que os estornude encima y pilléis, lo que sea que tenga, vosotros también.

Cosme y yo obedecemos sin chistar. De vuelta por el pasillo le susurro a Cosme:

—¡Menudo carácter! Cuando me la encontraba en el ascensor no me lo había parecido. Daba por sentado que es una viejecita entrañable, pero ya veo que es de esas que se transforma cuando sube a un autobús.

Cosme ríe y me pide silencio.

— Realmente, no nos conocemos los unos a los otros. Vivimos en el mismo edificio y no sabemos nada más allá de nuestro nombre y el piso en el que vive cada uno. Bueno yo sé algo más, por mi trabajo, que si no…

— Ni eso—contesto—para mí los de arriba, son los del tercero. Y sé el apellido por el buzón. Nada más.

— Una pena de sociedad, Beatriz, una pena… —añade antes de entrar cargado con su silla.

Concha ya se ha acabado su sopa y se ha tomado el Paracetamol.

— Muy rica la sopita. Un caldito buenísimo. ¿Y es usted así de cocinillas desde pequeñito?— le pregunta a Cosme con una evidente ironía por el tono de niña pequeña que el conserje ha utilizado para dirigirse a ella al entrar.

Cosme lejos de molestarse, capta la ironía y pasa a hablarle como lo que es: una octogenaria.

—Gracias. Me enseñó Esteban, mi última pareja. En diez años de relación se aprenden muchas cosas.

Si Cosme quería provocar a Concha, admitiendo su homosexualidad a la primera de cambio, ésta ni se inmuta.

—¿Fue el que te regaló a Lía, verdad? Era un señor muy educado.

— Es señora Concha, es. Que no se ha muerto.

Cosme pasa a explicarnos que Esteban y él se conocieron en el pueblo donde él nació, cerca de Ávila. Cuando hace quince años vino a Barcelona a trabajar, Esteban también buscó trabajo en la ciudad condal y vino un par de años después, cuando lo cogieron de administrativo en una empresa textil. Ahora han tenido que interrumpir su relación temporalmente. Esteban está de nuevo en Ávila cuidando a sus padres que se han hecho mayores. Le dejó a Lía en prenda y le pidió que lo esperara. Cuando sus padres falten o el día que Cosme se jubile podrán volver a estar juntos. Aquí, en Barcelona o en Ávila.  De momento, se ven solo en vacaciones, pero Cosme nos cuenta que se hablan a diario por teléfono y que se escriben largas cartas que envían por correo postal con la cadencia de los tiempos de antes de internet. Nos confiesa que este año cumplirá los sesenta y pedirá la prejubiliación. Ni siquiera avisará a Esteban “me plantaré en Ávila con Lía y ya no nos separaremos jamás”, sentencia con un romanticismo que me conmueve.

Concha aplaude su decisión y le dice que demasiado ha tardado ya. Luego le da un ataque de tos. Le acerco el agua y nos pide, amablemente, que la dejemos dormir. Le vuelve a dar las gracias por el caldito y cuando ya estamos en la puerta me dice:

—Lea, cuándo subas ¿me enseñas ese pote que dices que tienes para respirar? Incluso, si  tienes un par podrías dejar uno aquí. Por si te lo vuelves a olvidar.

Vaya, no solo me controla mi madre desde Marruecos, sino que me ha salido una abuela aquí, en Barcelona. Tengo corticoides como para pasar tres años con crisis de alergia. Luego le subiré uno. Y me pondré otro en el bolsillo.