Los tertulianos de una emisora de radio discuten sobre el tema del día pisándose los unos a los otros, sin aguardar el turno de palabra. Mientras se arregla para salir, Andrea consigue dilucidar, entre el griterío y las frases solapadas, las dos posturas principales del debate: si tiene sentido acudir a la manifestación convocada hoy en el centro de la ciudad o si es mejor quedarse en casa y reivindicar, desde la quietud del sofá y vía redes sociales, el apoyo a la causa. No hemos superado la tercera ola de la pandemia y si bien se han prohibido los encuentros de más de seis personas, el derecho legítimo a manifestarse choca con la nueva realidad de enfermedad y muerte que ha traído el Covid. Por lo que escucha, mientras se abrocha el sujetador y se sube los pantis, a Andrea también le queda claro que en la esencia del debate todos los tertulianos están de acuerdo: debemos continuar reivindicando los derechos de la mujer, desde la calle o desde el sofá, pero es indiscutible que la igualdad todavía dista mucho de ser una realidad. En un momento dado, la presentadora recuerda el simbolismo que hay detrás de la emblemática fecha: tal día como hoy, el 8 de marzo del año 1910, las mujeres tomaban las calles de Nueva York para exigir la igualdad salarial y de condiciones de empleo en el sector textil. Añade—leyendo las notas que ha preparado el equipo del programa— que el mismo mes del año siguiente, ciento veintitrés mujeres y veintitrés hombres murieron abrasados en una fábrica de camisas de la que no pudieron salir por haberlos encerrado dentro.

Andrea, sentada frente al tocador, extiende la crema hidratante sobre sus piernas recién depiladas y reflexiona sobre el agravio que supone que un siglo después, la brecha salarial sea todavía un hecho, especialmente en las mujeres de la franja de edad en la que ella se encuentra: las de más de cincuenta y cinco años. Un tertuliano, erudito y maleducado a partes iguales, abruma a su compañera de mesa con una retahíla de datos sobre los que ésta intenta intervenir sin éxito. Tras varios “disculpa”, “si me permites” y “en ese sentido” ahogados por el monólogo que la presentadora tampoco puede cortar, Andrea se cansa y cambia el dial de la emisora. Detiene la búsqueda en cuanto escucha música. Hoy no desea más dolores de cabeza añadidos a los habituales: es un día importante. Se está arreglando con esmero. En unos minutos sonará el interfono y bajará a la calle para encontrarse con su cita. Juntos acudirán a la manifestación. Ella lo tiene decidido: con mascarilla y distancia de seguridad mediante, saldrá a gritar por los derechos de todas las mujeres. No piensa hacerlo desde el sofá. Si se puede salir para votar, se puede salir para reivindicar. Mueve la cabeza al ritmo de la mítica canción de Tam Tam go “Manuel Raquel” sobre la que ha detenido su búsqueda. Silba acompañando la letra:

“Cuando llegó era un niño delicado. No quería mancharse jugando en el descampado…”

Se interrumpe para pintar sus labios de “Rouge vertige” un auto regalo que lleva siempre en el bolso. Besa un pañuelo de papel para quitar el exceso de pintura y maldice a la mascarilla tras la que ocultará el color de temporada que tanto la favorece. Le encanta esa canción que ya de niña cantaba hasta quedarse afónica como si de un himno se tratara. La voz del solista la acompaña mientras añade rímel a sus pestañas. Ni canta ni silba durante el proceso o se manchará los párpados maquillados con una discreta sombra nacarada:

“…Era un tipo legal, un amigo, un aliado. Había vivido arrogante aquel error inocente…”

Se atusa el pelo y se dirige hacia el armario para acabar de vestirse. Se aleja de la música que suena desde el móvil abandonado junto a la crema hidratante. La persiguen los últimos versos:

“… llevar en cuerpo de hombre, una mujer en su mente.”

Elige una falda, camperas de tacón medio y una camiseta violeta que estrena para la ocasión. Observa su imagen de mujer imponente en el espejo del tocador. Recoge el móvil y se aleja de nuevo tarareando:

“La última vez que le vi, nos fuimos a emborrachar. Debajo del maquillaje, no pudo disimular un cierto pudor antiguo y al fin un poco de paz”…

Está lista. Decide que no esperará a que suene el timbre. Bajará ella y esperará a que la recojan en la calle para así disfrutar del ambiente. Cientos de personas se dirigen ya hacia el epicentro de la manifestación, muchas con pancartas, todas con mascarilla. Con el gesto familiar de siempre, Andrea se coloca la suya y antes de salir de casa coge el móvil y se cruza el bolso en bandolera en el que introduce el “Rouge vertige” y la funda de piel de serpiente en la que guarda un billete de veinte euros y su DNI. Evita mirar la foto, pero se detiene en ese nombre que no la identifica con quién en realidad ella es:

—“Andrés López Trujillo”—lee en voz alta. Y añade para sí:

—¡A la calle: queda mucho por reivindicar!

En el rellano y antes de apagar la radio del móvil, escucha finalizar la canción:

“No pude llegar a tiempo, las lágrimas sin dolor me las ha arrancado el viento. Se fue sin decir adiós, sin un grito, ni un lamento. Creo que iba contento. Oh, Manuel Raquel”.

PD: enlace a la canción completa https://www.youtube.com/watch?v=-bCiUehlV7c