Mi hija dice que no valgo para Instagram. Que no soy guapa, ni joven y que no tengo un millón de amigos. Así que me dispongo a demostrarle que si ella puede, yo más.

Voy a retratar mi día en imágenes. Empiezo con un selfie ante el espejo. Es “postureo”, aunque quiero que parezca que ha salido natural. Así que, antes de maquillarme y con la cara hinchada (pues se despierta una hora más tarde que yo), ahí estaba haciéndole morritos al espejo. ¡Menos mal que las Redes Sociales aún no tienen olor! Ha quedado tan casual, que cuando la he subido, nadie me ha reconocido.

Al mediodía, he retratado mi plato del almuerzo. Se ve que eso se lleva mucho: acelgas con pavo (estoy a dieta). Hay que decir que las acelgas no lucen en la foto y a pesar del hastag vamovamoquemeloquitandelasmanos, no han tenido ni un like.

Por la tarde, he innovado con lo último: un vídeo en directo. Salgo persiguiendo a mis hijos que huyen de mí al grito de “pesada” y “mamá para”.

Por la noche, tocaba fotografiar la cena (¡otra vez, qué estrés!), pero se me han quemado las croquetas congeladas y eso no había hastag motivador ni filtro que lo arreglara.

Le tengo que dar la razón a mi hija: no valgo para Instagram. No soy guapa, ni joven y no tengo un millón de amigos. Y además, miento fatal en las fotos.

PD: No te pierdas la canción “Posturea para que el mundo lo vea”, de Arnau Griso, muy en línea con esta escena. Pero aún mejor.