“Shukran” (شكرا) significa “gracias” en árabe y fue la primera la palabra que aprendí este verano en Rabat. No fui de vacaciones, las vacaciones son otra cosa. Ni de viaje de trabajo. Las vacaciones equivalen a descansar o a turistear (que según la Real Academia de la Lengua, la RAE, es “Viajar por placer, visitando varios lugares en poco tiempo.”) Y los viajes de trabajo (según el sentido común), son desplazamientos a gastos pagados con una finalidad de negocios.

Estuve unas dos semanas con mi hija Andrea, una adolescente de dieciséis años que le pidió a su madre hacer juntas un voluntariado. Solo por eso, valió la pena. Los hijos, llegada la adolescencia, priorizan a sus amigos frente a su familia, hasta el punto en que los pierdes de vista durante las vacaciones veraniegas. Así que aproveché al instante esa petición inesperada y contacté con Georgina, una prima que vive en Rabat y que trabaja desde hace años en el ámbito del tercer sector. Georgina no sólo nos ofreció su casa sino que se puso a buscar instituciones que nos acogieran.

Tras mucho perseguir, llamar y escribir consiguió que nos aceptaran a ambas (a pesar de la edad de Andrea y del no dominio del idioma) en la Fundación contra el cáncer creada por la esposa del Rey de Marruecos, la Fundación Lalla Salma[1], para colaborar en la planta de oncología infantil. Cuando supimos dónde iríamos, respiramos hondo y nos dijimos “pa’lante”. Por mi parte, contacté con dos compañeras de trabajo que colaboran en otras fundaciones que trabajan con enfermos de cáncer: “¿Cómo debo actuar? ¿qué debo decir y hacer y qué no?” eran mis principales cuitas. Los consejos fueron sabios, fruto de la experiencia y variados: eres una voluntaria, no una enfermera —adopta tu rol—, no preguntes por la evolución, no des consejos, no des tu teléfono y no te impliques más de la cuenta —para protegerte, entiendo— .

Cuando llegamos el primer día al Hospital —que estaba en la otra punta de la ciudad, pero bien comunicado por el moderno tranvía que la recorre— nos aguardaba una sorpresa: la planta de oncología infantil estaba en obras y el espacio donde iba a transcurrir nuestro voluntariado, todas las mañanas, no era más grande que la sala de espera de un CAP. En él, debían esperar a ser atendidos, para el tratamiento ambulatorio de quimioterapia o para pasar visita con el médico, casi un centenar de personas, entre familiares y pacientes (pacientes, nunca mejor dicho).

También estaba la segunda planta. En ella se alojaban los niños más graves, aquellos que no podían irse a casa y que vivían en el hospital. Cómo Islam. Una mañana, su madre nos pidió si podíamos acudir para quedarnos con su hijo en la habitación y así irse ella, unas horas. Quedamos para al día siguiente y nos presentamos a la hora convenida. Sin embargo, una enfermera nos barró el paso y nos informó que no podíamos quedarnos pues el niño había rechazado varias transfusiones y estaba muy débil. “Shukran, Shukran” nos decía la madre por haber acudido. Al día siguiente le llevamos una pulsera que Andrea hizo para ella. “Shukran”, de nuevo. Y volvimos de nuevo al otro, y al otro… solo para verlos. Solo para abrazarnos. No nos podíamos entender con palabras. Tan solo “Shukran”. El último día de nuestro voluntariado no pudimos despedirnos: habían trasladado a Islam a reanimación. Espero que haya conseguido recuperarse. Insha’Allah.

Pero no todo fue así de duro. Nuestra función consistía esencialmente en hacerles la espera agradable a los niños de la primera planta y en aliviar un poco a los padres de la vigilancia constante a sus pequeños. La enfermedad no entiende de edades y se concentraban, reunidos en el mismo espacio, desde bebés hasta adolescentes. El cáncer de huesos o de médula es frecuente en los niños, por lo que eran varios los que llevaban las piernas y los pies con vendajes y tablillas que les impedían moverse de su silla de plástico. ¿Cómo íbamos nosotras, que no hablamos árabe y que no teníamos experiencia en ese tipo de voluntariado, a entretener a treinta o cuarenta niños durante varias horas? Pues con voluntad y con ilusión. Poniéndole ganas e imaginación. No hizo falta mucho más. Algunos días les repartíamos cuentos que no podíamos leer, pero sí improvisar ruidos, según los dibujos. Otros, repartíamos hojas, libretas y colores y dibujábamos con ellos. Triunfó la idea de pasar su nombre del alfabeto árabe —que traducíamos primero al francés, lengua en la que muchos nos sentíamos cómodos—al alfabeto latino. También descargamos juegos en nuestros móviles y jugamos por turnos al Temple Run, a puzzles o a colorear dibujos con el teclado. Cuando se acababa la batería pasábamos a juegos de siempre como el “tres en raya” o “piedra, papel, tijera”. ¡Ah y les enseñamos a cantar el himno del Barça… aunque muchos eran del Madrid! Conseguimos que cantaran con muy buen acento “Tot el camp és un clam som la gent blaugrana”.

Pero, sin duda, el gran acierto, fueron las pulseras. Compramos madejas en una mercería sacada de un episodio de “Cuéntame” y les enseñamos a trenzar los hilos para hacer su propio brazalete que luego se llevaban puesto. Tuvo tanto éxito la idea, que todos hacían cola y no dábamos abasto. Un niño, cuyo nombre no recuerdo, pero que no tendría más de diez años, nos enseñó una gran lección: cuando se nos acabó el material,  decidimos sortear la última pulsera  a “piedra, papel, tijera”. Eran dos los candidatos que la imploraban para ellos. Se la entregamos al ganador del juego y el compañero que perdió se marchó completamente frustrado. Así que el ganador fue tras él y se la dio. Me gustó tanto el gesto que le deshice los nudos a la mía y se la di. De nuevo, me sorprendió: fue a buscar a su madre y se la puso en la muñeca.

Shukran Georgina, shukran Khalid, shukran Islam, shukran Meryenne, shukran Souade, shukran Mohamed… Nos habéis dado tantos buenos momentos, tanto amor y tanto cariño que será imposible olvidaros nunca.

 

[1] (https://www.contrelecancer.ma/en/)