Soy la madre de la chica de la manifestación de al lado. Estos días he pasado miedo y he tenido sentimientos encontrados entre seguir mi instinto de protección y lo que me dicta la razón. A sus diecisiete años, mi hija tiene más conciencia social, medioambiental y política de la que teníamos los padres de mi generación a su edad: ejerce voluntariado, reivindica un consumo “azul” y moderado y sabe quiénes son todos los líderes políticos de los principales partidos del estado y la esencia de sus ideas. Sigue varios medios digitales, algunos de ideas contrapuestas, para tener abanico de opinión, y a la vez le faltan los conocimientos y la experiencia que solo otorga la edad. En casa siempre hemos sido moderados y nunca hemos militado en ningún partido. Con una madre andaluza y un padre viviendo en Madrid hemos votado socialistas —la época de un Felipe González menos de derechas— y convergentes —antes que el clan Pujol nos dejara con cara de portero goleado—. Siempre he encontrado en falta un partido con valores de izquierdas pero que a la vez proteja a los pequeños empresarios, como mi marido, indefensos ante los impagados y ahogados a impuestos entre Hacienda y la Seguridad Social. Lo siento: aunque muchos digan que son ellos ese partido, no es así.

En los últimos años, hemos dejado que pasen por delante de nuestros intereses particulares “ideas de país”. Hemos creído, sin demasiados argumentos (más allá de los 16.000 millones del déficit fiscal, que por cierto, poca broma: ¡es una pasta!) que a una Cataluña independiente le iría bien. En Cataluña siempre ha habido el sentimiento de ser una colonia gobernada desde el centro que nos dice cómo educar, qué importancia debe tener nuestra lengua y en qué gastar nuestro dinero. Una Cataluña independiente no tendría que soportar insultos de partidos de derechas y ultraderechas que piensan que España solo hay una y que menosprecian las varias identidades del estado. Soñamos con formar una República sin un Rey al que no queremos porque no lo hemos votado.

Y sin embargo, todo ha ido a peor: con el “no es no” de los políticos  —el “no” al derecho a la autodeterminación y el “no”  al referéndum—; la cárcel para nuestros representantes políticos y sociales; el menosprecio a dialogar y la amenaza del 155 constante, nos ningunean a más de dos millones de personas sin darse cuenta que no nos hacen más débiles sino más indignados. Estoy frustrada: aquí, entre los políticos, no veo liderazgo, ni unión. Y allá, no veo alternativa, ni siquiera una rendija para la esperanza. Me da igual que Europa no se moje, que el camino sea largo, que debemos ser bastantes más de dos millones para que esto tenga sentido: mis convicciones son más fuertes, porque ya no va solo de independencia sino de justicia.

Por eso, cuando veo a mi hija en la manifestación de al lado, le pido moderación que no sea violenta, que no insulte, que no pierda las formas y le hablo del pacifismo que siempre nos ha caracterizado a los catalanes mientras ruego por que no venga con algo más que un porrazo y pienso que tal vez me estoy equivocando: por dejarla ir, por manifestarme año tras año sin que me escuchen… Ellos, los jóvenes disponen del tiempo que los adultos con nuestras obligaciones no tenemos, de mucha más energía y de la valentía que a veces da la inconsciencia. Y me trago mi miedo junto a un relajante y pienso que tal vez debo guardar mi instinto de madre en un cajón.