No me gustan mis hijos. Sé que suena muy mal, y que esto, aunque lo pienses, no puedes decírselo a nadie. Pero es la verdad. De pequeños, sí, que me gustaban. Pero ahora… se han convertido en tres adolescentes, peludos, desgarbados y acneicos ¿Y la niña? ¡una malcriada! La culpa no es mía, la culpa de que sea una malcriada, me refiero. Es culpa de su padre y de mi suegra que la han convertido en una princesita consentida. ¡Claro!, fue una niña tan buscada. Menos mal que llegó la cuarta, que sino montamos un equipo de baloncesto en casa. ¡En el quinto nos plantamos! Me dijo para convencerme que teníamos que seguir insistiendo. Y yo, —desbordada con tres niños seguidos: tres chicotazos de nueve, siete y seis años— no supe negarme. No, no me pongas esa cara que ya sé que piensas que nunca he sabido negarle nada y que me tendría que haber plantado antes, mucho antes. Pero es que al principio estaba tan, tan enamorada.

Luego ya no. Te desencantas: la convivencia, los detalles… La relación se desgasta. ¿Qué que detalles? No sé, pequeñas cosas. Supongo que las diferencias que hacía entre mí y los demás, entre mí y sus hijos, entre mí y su madre, entre mí y… Eran gestos feos, y ya sé que no me quejaba y que debería haberlo hecho, pero es que hasta que no sales fuera de una relación no sabes verlo. Por ejemplo, en la mesa: todos sentados y si faltaba el agua “¡mamá que falta el agua!” Y él, “Ves tú”. Incapaz de levantarse o de decirle a los niños que fueran ellos. Y si servía la sopa y desbordaba un poco, “mira que eres torpe” y luego “la torpe de tu madre” por aquí, “la torpe de tu madre” por allá. Y ellos sin corregirle, haciendo mofa, encima. Y así con todo, que si estás echando culo, que si mira tus amigas que bien están, que si no tienes autoridad… Nada le gustaba de mí. ¿Entonces de qué se enamoró?

“Mi mujer había sido muy guapa”, les comentó a todos, delante de mí. Así en pasado. Era en la cena de empresa. Invitó mi suegra por el décimo aniversario y fue la única vez que fuimos las parejas. ¡Qué bochorno! Luego bailando con la secretaria, exhibiéndose, que llego a ser yo su jefe en lugar de mi suegra y al día siguiente tiene listo el finiquito. Pero los hombres son distintos. A ellos les gusta ser el Macho Alfa y seducir a la hembra más atractiva del local. Y claro, esa no era yo. Yo no sabía dónde meterme, y encima sus compañeras me miraban con cara de pena. Pero a él con cara de asco, no te creas. Y luego en casa pues, sí. Perdí los nervios y le dije me había avergonzado, que no tenía derecho a tratarme de ese modo. Claro, que se lo escupí gritando, entre lágrimas y es cierto que le di un empujón. Pero fue por la rabia. ¡Ni me miraba mientras yo estaba ahí a su lado, llorando! Y bueno, sí, habíamos bebido, era la cena de empresa, todos lo hicieron, pero no lo vi venir. Ni el bofetón, ni los insultos, que no sé que me dolió más. Y acabé pidiéndole perdón como una boba. “Me has hecho quedar mal”, me dijo, “te podías haber arreglado un poco”. Y es que yo me vi en el espejo, con mis kilos de más y mi vestido viejo y tuve que darle la razón.

Ahora lo veo, pero antes no. Arreglar ¿Con qué? Si escatimaba el dinero de una manera miserable. Para conmigo claro, él siempre impecable. Mi trabajo lo exige: un vendedor debe dar buena imagen. Decía cada vez que yo me quejaba que no me alcanzaba para ropa. En tu caso es un capricho, me decía. Tú no sales de la oficina. Y luego las diferencias con los niños. ¡No van a ser los únicos del colegio que no tienen esto, o aquello…! Y ellos pidiendo más que gorriones famélicos: móvil, ordenador, patinete eléctrico, consola… Y la ropa de marca que están en edad de salir. Y no era por dinero, lo sé, que mi suegra proveía de manera exquisita. No, no me digas “te lo dije” que no me lo dijiste. Tú estabas encantada que me casara con un buen partido. “Un niño bien que vive de rentas. No te faltará de nada con él”. Pero si faltaba, sí. Porque la que administraba el dinero en casa era mi suegra y había para lo que había y para mí no había. La chica por ejemplo: “págatela tú que mi madre ya hace suficiente o que la paguen tus padres”, sabiendo que no era lo mismo. Eso replicaba si me quejaba. Porque sí, de acuerdo, su madre pagaba colegios, caprichos de los niños y el sueldo del marido. Pero yo, seguía viviendo como una pobre. Y disimulando, porque las amistades eran las suyas, con su nivel. Y yo, “no: es que no quiero coche, no lo necesito” y ¿Este móvil roto?, heredado de los niños, que soy muy torpe y no me duran nada”. ¿Y cuándo íbamos a cenar fuera y dividía la cuenta a medias? ¡Presumía de ser feminista, el muy avaro!

Ya, ya sé que con un hombre así no hubiera tenido que dejar de trabajar nunca pero es que estaba agotada. Y mi sueldo, comparado con el suyo era una miseria y descontando todo lo que me reclamaba… “Paga tú la comida y los gastos que yo pago lo demás”. ¡Mentira! Mi suegra pagaba lo demás: hasta el piso y las vacaciones, pagaba. Él de su sueldo de comercial no ponía nada. Así que, con mi sueldo de mileurista, vivíamos seis personas. Ya te digo, un buen partido. Y cuando caí agotada y cogí la baja, lo vi claro. Tenía que dejar el trabajo. Al menos uno de ellos. Y elegí el de fuera de casa, porque el de dentro era imposible. ¡Con cinco fieras, tú dirás!

Sí, ya sé que no fue una buena idea. Del mercado laboral, si sales con cuarenta ya no vuelves a entrar. Y la de veces que me he tenido que oír lo de ser una mantenida. Y más ahora, divorciada. Y los niños, que ya no son niños, ni gorrioncillos, sino aves rapaces, repiten el patrón de su padre, qué a ver a quien han salido: “que lo haga mamá que ella no trabaja”, que ellos tienen que estudiar y que cada uno tiene sus obligaciones, me contestan si pido ayuda.

Y lo peor: sola en casa todo el día, sin poder desahogarme con nadie. Y las amigas, que me busque un psicólogo, me han dicho, que me hará bien. ¡A ellas les hará bien, que así no tienen que aguantar penas ajenas! ¿Y con qué dinero lo pago? ¿eh? Loca, voy a acabar. Qué egoístas, todos: mi suegra, mi marido, mis hijos… Sí, ya sé que no debería hablar así, al menos de ellos, pero es que no los soporto, de verdad. Y solo lo digo contigo. Con los demás, callo. No, no me riñas que tú… ¡tú también, eres una egoísta!: no te pones nunca en mi lugar. Tú sabes como voy de agobiada y aquí me tienes todas las semanas sacándote a pasear, contándote mis miserias, hablando con la caja de las cenizas, como si estuviera loca.

PD: homenatge a la Isabel- Clara Simó (1943-2020), escriptora prolífica, multipremiada i feminista. He volgut reproduir una versió actualitzada del seu relat “Amor de mare”, extret del llibre de relats “Dones”, editat per Columna el 1997. El relat comença així, amb aquestes primeres paraules tan dures i impactants: “No m’agraden els meus fills. Sé que sona molt malament i que això, encara que ho pensis, no pots dir-ho a ningú. Però és la veritat”. El seu conte, com aquest, és el monòleg d’una dona (en el seu cas ingressada en el psiquiàtric) que para boja després d’una vida de maltractes i humiliacions. Link al seu llibre: Dones