–Te lo dije.

Manolo murmuró sus tres palabras sin levantar siquiera la vista del Marca, el diario deportivo que subía consigo todas las noches a casa por gentileza del dueño del bar Los toledanos”  que se lo acercaba junto con un carajillo, mientras hacía bailar el palillo entre los dientes. Manolo lo doblaba en forma de canutillo y con el diario así enrollado se golpeaba suavemente y de forma distraída la palma de la mano, mientras miraba de soslayo la máquina tragaperras situada entre la salida y los servicios. Se quedaba bebiendo, atento a los ruidos que sonaban cuando los parroquianos le introducían sus monedas. Cuando consideraba que era el momento, es decir cuando la máquina llevaba un rato sin escupir ningún premio gordo, se levantaba y echaba cinco o seis euros. En ocasiones, la suerte se ponía de su lado y el cajón vomitaba monedas sin parar. Otros días, se conformaba con llevarse el Marca y se alejaba por la Avenida de las Águilas hacia su piso, frustrado, pero con ese aire de hombre de mundo que le confería el diario enrollado bajo el brazo.

Sin embargo, el diario que hoy ojea es el del 12 de marzo de 2020 y el titular de portada avanza una noticia funesta “ Hoy se debe suspender la liga”. Efectivamente, dos semanas después, en la televisión solo hablan del Coronavirus y el futbol y el bar, sus dos únicos entretenimientos han pasado a la historia. Quince días sin salir de casa y sin ir al trabajo del que le han despedido “provisionalmente”. Un ERTO lo llaman. Ya se verá.  Las cosas no iban bien antes del confinamiento y nadie le ha dicho lo que pasará cuando regrese eso que llaman “la nueva normalidad”.  Más de quince días ojeando las mismas páginas del diario mientras en el televisor reproducen las tertulias de un sempiterno canal deportivo que el escucha sentado en un sillón desfondado por sus noventa kilos de peso, esperando a que su mujer lo llame para cenar.

–Algún día habrá que cambiarlo– piensa en referencia al sillón.

Pero el dinero nunca alcanza para ningún extra. Ni siquiera con la paga de verano: tres semanas en Benidorm y ya se había gastado. Y en Navidad, cuatro días de comilonas familiares y el dinero adicional había volado. La casa envejecía con ellos: los desconchones en el baño, la pintura amarillenta del comedor, la nevera con más escarcha que frío y el sillón hundido. Así era su vida: sobrevivir para envejecer. Sin alicientes, yendo todo a peor y encima agradeciendo el tener un mínimo de salud, de dinero y de compañía. Por eso, esperaba con ansia que la máquina tragaperras le diera una alegría. Como hace años, cuando descargó para él el premio gordo: cientos de monedas de un euro que cayeron en cascada durante más de un minuto, al ritmo de una música alegre. Invitó a una ronda a los compañeros y aún le quedó dinero para invertir en el primer plazo de un nuevo televisor. Pero, desde entonces, salvo algún premio menor, la máquina no había vuelto a sonar para él.

La rutina de su mujer durante el confinamiento es bien distinta. Ella sí sale a la calle, bien protegida por una mascarilla confeccionada por ella misma con un viejo retal de tela . Al llegar al hospital se pone el uniforme de trabajo, otra mascarilla —esta vez quirúrgica—, añade unos guantes y empieza el turno de limpieza. Ocho horas diarias en las que barre y friega los largos pasillos, cambia las sábanas de las camas y limpia los baños. Los sábados descansa y aprovecha para ir a Cáritas donde le dan una bolsa de alimentos tras estar más de media hora en la cola. Garbanzos, aceite, salsa de tomate, arroz…  En la cola no habla con nadie. Entre las gafas de sol y la mascarilla, espera que nadie la reconozca. La mascarilla, la bendita mascarilla, la protege de la enfermedad y de las miradas curiosas. Al llegar a casa, deja los zapatos fuera, en el rellano, entra al baño a lavarse las manos y se dirige a la cocina. Procura no hacer ruido, cerrando la puerta y poniendo al mínimo el motor de la campana extractora. Enciende la radio. Le gusta escuchar la voz del locutor y a los oyentes que piden canciones. Es una agradable sensación de compañía. Se evade de sus problemas a golpe de tenedor, sus miedos se evaporan por la campana extractora y su cabeza se llena de pensamientos prácticos: pelar, cortar, hervir, salpimentar, sofreír… Eso sí, siempre recuerda que si fríe pescadillas o si hierve coliflor, como hoy, debe abrir la ventana para que se evaporen los malos efluvios que tanto disgustan a su marido. Se lo dice siempre:

– Abre que apesta.

Así, sin un por favor”, o sin considerar que a ella se le agarrotan los dedos y no puede mondar las patatas sin echarles el aliento.

– ¿Y qué hago de cena?–reflexiona junto a la nevera abierta y mientras se cocina le almuerzo de mañana– ¿Tortilla a la francesa? ¿Huevos fritos?… Sí, pero ¿con qué?

Los estantes están medio vacíos. Mira en la alacena y encuentra tres patatas pequeñas. Ya sabe con qué acompañar la tortilla. Pone aceite a calentar, prepara la mesa para dos en la misma cocina y se dispone a pelar los ajos y los tubérculos para que se cocinen antes. Manolo es un hombre de rutinas y no soporta cenar más tarde de las nueve de la noche. Mira el reloj colgado en la pared. Hoy va tarde. Mientras se seca las manos en el delantal, no cesa de mirar la sartén, como si concentrando su mirada en el fogón pudiera conseguir que hirviera antes. Cuando observa las diminutas burbujas en la superficie del aceite, pone los cuadrados de patata. Luego bate tres huevos a la vez y en el mismo cuenco: dos para su marido y uno para ella.

— Menos diez, vamos, vamos— se apremia a golpe de tenedor. Engrasa otra sartén con un buen chorro de aceite y se seca de nuevo las manos en el arrugado delantal. Espera un minuto y vuelca aproximadamente dos tercios del huevo batido. Con gestos precisos envuelve la masa sobre sí misma cocinando una tortilla perfecta: jugosa por dentro y esponjosa por fuera. La sirve en un plato y repite el proceso con la suya.

— Menos cinco– lee en el reloj cuando ambas tortillas están servidas.

Retira las patatas fritas, que coloca sobre un papel absorbente, y apaga el fuego. Abandona la sartén, aun caliente, en el fregadero y respira aliviada.

–Justo a tiempo: la hora de cenar.

Como último paso, se apresura a vaciar el agua de las verduras de mañana con el colador. Entonces, solo entonces, la nube de vapor que se forma al volcar el líquido con la comida, le hace caer en la cuenta del olor que inunda hace rato la cocina y que se escapa por la rendija de la puerta del comedor. Con las prisas ha olvidado abrir la ventana y todo su pelo, su delantal, las paredes…— huele a repollo. Se apresura a ventilar. Tarde.

Al girarse, ve a su marido apoyado en el quicio de la puerta. Lleva el diario prietamente enrollado en una mano y se palmea en la otra con él. Marisol lee en el cilindro perfecto la letra M” de Marca”, aunque ella solo piensa en M” de miedo, de mamá, de monstruo y de meado, como el tibio líquido que le baja por las piernas cuando Manolo avanza hacia ella. Él ya la había avisado. Se lo repite una y mil veces, pero parece que le gusta hacerlo enfadar. Levanta la mano y se lo dice de nuevo:

Te lo dije.

PD: las llamadas al 016 han aumentado un 60% durante el confinamiento. Este relato es un homenaje para dar visibilidad a esas mujeres.

RELATO FINALISTA EN EL  XV CONCURSO DE RELATO BREVE “JOSÉ LUIS GALLEGO”: UNA MIRADA DE BARRIO (España)