Para querer hay que querer querer, aunque a veces se quiere sin querer. Parece un trabalenguas sacado de una entrada de Instagram, pero no lo es. Te lo explico con una historia de amor y con otra de desamor: las frases complicadas se entienden mejor con los ejemplos simples.

Cuando iba a la universidad y todavía no sabía si quería estudiar periodismo o publicidad, coincidí en segundo curso con Eli. En seguida congeniamos y nos hicimos amigas, de esa manera tan intensa que solo ocurre a los veinte años. Ideábamos planes de futuro. Nos parecía que la vida era larga y prometedora. Ambas teníamos novio y una noche salimos los cuatro a divertirnos. El novio de Eli, de cuyo nombre no puedo acordarme, era guapísimo y sabía bailar en pareja. Yo no, nunca he sabido. Tengo el recuerdo, tal vez magnificado por extrañas reglas de la memoria, de estar bailando en un bar de Calella y de repente, hacerse un corro de personas, con ellos en el centro, moviéndose juntos en un rock perfecto. Me parecían una pareja tan, tan ideal: guapos, jóvenes, rubios y dotados para el baile ¿se puede pedir más? Estaban enamorados, se miraban de esa manera que no puede disimularse… pero unos meses después, Eli me explicó que lo iba a dejar con él. No quería querer a nadie. No en ese momento. Ansiaba ser libre para viajar a otros países. Soñaba con ser reportera. Me propuso un pacto: “¿Lo hacemos juntas? ¿Dejamos ambas a nuestras parejas? ¿Nos vamos las dos a recorrer mundo?” Lo tenía muy claro: “Si tiene que ser él, ya será. Y sino, será otro”. Me dijo (o algo así), con tanto miedo como seguridad.

La libertad y la aventura eran sus prioridades. Para Eli, dejar a alguien a quien quieres era como quien se rompe un hombro y sabe que hay que recolocarlo con un golpe seco: duele al principio pero se debe de hacer por un bien mayor. Y cuánto antes mejor. Porque el dolor pasa. Pensé que era muy valiente, no solo por pensar así, sino por hacerlo. No era su momento, tal vez era su pareja ideal (o eso parecía) pero no entonces, sino en un futuro muy, muy lejano. Eso mismo es algo que he visto hacer a lo largo de los años a otras personas que no quieren querer: en cuanto presienten que se están enganchando a alguien que les gusta demasiado, lo dejan. Para no sufrir si algún día tienen que romper, para poder conocer a otras parejas nuevas…

Yo pensé en su propuesta, dudé… pero no lo hice. Recuerdo haberle dicho a Eli que de poder elegir, no hubiera escogido conocer a mi novio (con el que ya llevaba dos años) tan pronto. “Me gustaría aplazar esta relación unos años. Pero, ¿dejarlo?… no. Yo no”. Prefería renunciar a los planes de viajes. No era por cobardía. Ella pensaba que “para querer hay que querer querer” y como no quería querer, abandonó. Yo sentía que “a veces se quiere sin querer” y continué. Hubiera podido no quererlo, pero no sabía. O no quería. No sé. Eso mismo es lo que les pasa a algunas parejas cuando rompen: quieren dejar de querer pero no pueden, al menos al principio. Incluso algunas nunca dejan de querer, a su pesar.

Años después, vi a Eli en un programa de televisión que me encantaba, en el que los protagonistas eran extranjeros que vivían en Barcelona y enseñaban al espectador la gastronomía de sus países de origen. Había viajado y había sido la reportera con la que soñaba ser de joven. En el programa, salía con su pareja y acunaba a un bebé mulato precioso. Al novio de cuyo nombre no puedo acordarme, no lo he vuelto a ver.

Por mi parte, todavía sigo con el chico al que conocí demasiado pronto. Es mi marido. Solo que ahora pienso que fue una suerte conocerlo en el momento en que lo hice porque he podido pasar casi toda mi vida con él.

EL CHICO AL QUE CONOCÍ DEMASIADO PRONTO

LA CANCIÓN DE AMOR MÁS BONITA JAMÁS ESCRITA.       O IGUAL ÉSTA, AIX NO SÉ;)